Lollapalooza Día 1: Arcade Fire pone a una multitud en trance

Frente a más de 50 mil personas, el grupo canadiense cerró la primera noche del festival; Phoenix y Nine Inch Nails también tuvieron una noche de gloria.

A las 10 de la noche, con sus cabezas gigantes de cartapesta, la banda canadiense Arcade Fire tomó el escenario como una plataforma para un viaje musical, sintetizando géneros, épocas y ritmos con una épica sinfónica y una sofisticación rockera apabullante. (Dato: debajo de una de las cabezas se escondía Julian Casablancas, que tocó junto a su nuevo grupo, The Voidz, más temprano esa tarde.) Hasta este momento, Phoenix sumaba puntos como el favorito de la primera jornada. A poco de empezar un recital soberbio, Thomas Mars, líder de los franceses, levantó la vista, se hizo visera con la mano y decretó: «Este es claramente nuestro show más concurrido en Argentina».

Más que una banda, Arcade Fire parece una energía poderosa y celebratoria que puede tomar cualquier forma: la percusión de un carnaval haitiano, el dramatismo filoso de una ópera-rock o un groove disco que puso a más de 50 mil personas a bailar. «Cuando era chico estuve en Buenos Aires con mis padres y acá fue concebido mi hermano, Will», dijo Butler antes de que el grupo pasara «The Suburbs» a una versión down-tempo llena de swing. «Así que tenemos una relación pre-humana con este lugar.» Antes apuñaló con su micrófono inalámbrico una gran pelota inflable que publicitaba a una marca de comida y molestaba la visual del público, diciendo: «Fuck Sushi Club».

A las 20:30, el gran regreso de Nine Inch Nails había marcado uno de los puntos altos de la primera noche. Hilo conductor del primer Lollapalooza de la historia (1991) con la primera edición local, la banda liderada por Trent Reznor trajo el impacto estroboscópico de su puesta visual. El setlist sumó fuerza con respecto a la lista que venían tocando en sus últimos shows: el comienzo fue con «Wish» (el micrófono volando por el aire ante un exabrupto de Reznor) y la bipolaridad propia del viaje noise hacia las entrañas profundas del líder, se sintió con el tramo violento (con Ilan Rubin que, escuchen, tiene sólo 25 años, destrozando la batería) «Survivalism» y «March of the Pigs», seguido -con mucha lógica- por el descenso sexópata de «Piggy». La resurrección sonora de Hesitation Marks, el disco de regreso pos-limpieza interior de Reznor, se plasmó con Rubin en el bajo y «Dissapointed», «Came Back Haunted» y «All Time Low». En el cierre, antes de «Hurt», la espeluznante «The Great Destroyer», con solo de sintes y luces que quemaban, lo evidenció: pasaron 20 años y Nine Inch Nails sigue siendo Nine Inch Nails.

Todo había empezado al mediodía, con la gente tirada en el pasto bajo el sol, en remera y bermudas, comiendo ensaladas, fumando porro y mirando de lejos cómo los escenarios empezaban a cobrar vida de a poco, como las atracciones de un parque de diversiones empezando a moverse lentamente. No había ni una sola nube sobre San Isidro y el horizonte, alrededor del Hipódoromo, era de cielo celeste, árboles, casas bajas y las tribunas del predio. A eso de las 12:30, Intrépidos Navegantes inauguraba el escenario principal frente a los primeros en llegar y Juana Molina cantaba «Un día» mientras la audiencia empezaba a aglomerarse. Y si en algún momento se encendió el espíritu Lollapalooza fue a eso de las 2 de la tarde, cuando Portugal. The Man salió al escenario Alternativo. Abajo, una minoría intensa de fans los esperaba y empezó a saltar cuando sonaron los primeros acordes de «Purple, Yellow Red & Blue». Después, lo que siguió fue una primera parte forzosamente instrumental porque ninguno de los micrófonos funcionaba. Cuando lograron arreglarlo y las voces empezaron a escucharse completando la canción, una especie de fervor se esparció por el público. Arrancó un aplauso y un salto sincronizado. Desde ahí, todo empezó a fluir. Tres temas más tarde, hubo una fuga de público. (En el Lollapalooza caminan haciendo zapping por los cuatro escenarios, como éxodos en busca de tierras prometidas.) La mayoría iba al escenario a la izquierda, el Mainstage 1, cuando Capital Cities estaba saliendo a escena. Acá, lee sobre los cinco highlights de la primera tarde:

CAPITAL CITIES

«¿Quieren bailar con nosotros?», gritó Sabu Simonian, parado al borde del escenario y después de se puso didáctico: «Ahora vamos a enseñarles un pasito que se llama Capital Cities Shuffle». Y sobre la base de «Good times», desplegaron su gracia: dos pasitos para la izquierda y dos golpes de palmas veloces; dos a la derecha, y lo mismo. Y, después, vueltita sobre el lugar con los brazos abiertos. Luego, los Capital Cities tocaron su hit «Stayin’ Alive», en el que se lució su trompetista estrella, Spencer Ludwig: la primera gran revelación de la jornada.

JAKE BUGG

Después de un sideshow anoche en Niceto Club (una presentación que promete ser histórica, sumado a un glorioso cameo del baterista Chad Smith, de Red Hot Chili Peppers), su show en el escenario Alternative mantiene la misma fórmula: primera parte acústica, segunda parte eléctrica. Mientras toca, mira para abajo o para el cielo, sin casi hablarle al público, al tiempo que desgrana sus himnos barriales, británicos y urgentes, transmitiendo cierta nostalgia, en lo que parece encontrar el matiz definitivo de todas las cosas, como viejas verdades que habíamos olvidado.

JULIAN CASABLANCAS

Crecido, el cantante de The Strokes sonó en el MainStage 2 como alguien que ha vuelto a consumir drogas duras. Su nuevo show (una especie de adelanto del que será su segundo disco solista), presenta a un grupo de death-metal que no tiene intenciones de simpatizar. Pero sobre el final de su gig, Casablancas se pone en mode autocover y gasta una versión abrasiva de «Reptilia» (a diferencia del último Lollapalooza Chile, donde interpretó el clásico stroke «Take It or Leave It»).

LORDE

Con su melena descontrolada, Lorde tomó el escenario Alternative y lo decoró con sus movimientos espásticos, demostrando que no sólo es la niña pródiga del nuevo pop oscuro sino una gran compositora de hits mid-tempo, con una voz profunda y limpia al mismo tiempo. Antes de los bises, tocó «Royals», la canción que la propulsó como la última voz femenina capaz de impactar de forma global.

CAGE THE ELEPHANT

«La música pop suele ser falsa y de plástico, así que tengamos una experiencia real», dijo Matt Schultz, el frontman de Cage The Elephant, un líder frenético que había entrado rebotando al escenario y, en el segundo tema, ya se estaba tirando al público, navegando la melodía distorsiva de «Aberdeen». Schultz repitió incontables veces su stage-diving, se sacó la remera, corrió y saltó a lo largo y a lo ancho del escenario, y terminó agradeciéndole al público argentino: «Tocaron en mí un nervio que nadie había tocado», dijo.

Fuente: Rolling Stone