Con «Give It Away» Red Hot Chili Peppers cerró el Lollapalooza argentino

En el día de los grupos fundadores de la generación alternativa, Chris Cornell y Anthony Kiedis bendijeron la primera edición local del evento. Además: Vampire Weekend, Pixies e IKV fueron el reflejo de tres décadas de cultura rock

Usando una bufanda con los colores de Argentina atada como vincha, Anthony Kiedis enfrentó el comienzo de un recital que tuvo un encendido lento: mucha gente, buena parte de las 70 mil personas que durante todo el día caminaron las inmediaciones del Hipódromo de San Isidro, se había agolpado contra el vallado para ver a Red Hot Chili Peppers, el último acto del festival, y decenas de chicas salían desmayadas por la presión mientras el grupo parecía desconcentrarse por la situación. «Por favor, respeten los cuerpos de las mujeres», pidió Flea, el bajista, en cueros sobre el escenario.

En su sexta visita al país, a los Red Hot les costó varias canciones generar su propia atmósfera sobre el Mainstage 1. Recién en «Otherside» y «Snow» su sonido empezó a ajustarse, acompañados ahora por el novato Josh Klinghoffer, para descansar luego en sus clásicos «Under the Bridge», «Californication» y el cierre con «Give It Away».

Un rato antes, sobre el Mainstage 2, Chris Cornell había rendido cuentas con el público argentino en la primera visita de Soundgarden a suelo argentino. «Es cierto que tendríamos que haber venido mucho antes, hace una década o dos, pero esta noche están siendo un público muy dulce», dijo, con la guitarra colgada, antes de hundirse con la banda en una versión metalizada pero emotiva de «Black Hole Sun», del clásico de 1994 Superunknown. El festival de la Nación Alternativa estaba teniendo su momento de supervivencia grunge, con un show basado en el último álbum de la banda (King Animal) pero motorizado por la nostalgia y la distorsión sucia de los noventas. «Una persona de 20 años es joven, pero una canción de 20 años es vieja. Igualmente, a mi me sigue pareciendo jóvenes», dijo el cantante unos minutos después, como introducción para «Like Suicide». Detrás de la batería, para volver más Seattle la cuestión, tenían a Dave Krusen, primer batero de Pearl Jam y reemplazante temporal de Matt Cameron, que a su vez está girando con Eddie Vedder y el resto.

En simultáneo, en el escenario alternativo, Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur brillaban vestidos de blanco (Dante con sombrero de pimp y collar maximalista) sobre una lista de temas heterogénea que mezcló temas nuevos con clásicos. Su show fue ganando un volumen cada vez más funk mientras el set avanzaba y, entre las canciones, Emma (que en un momento había dicho: «Ey, ¡están todos!», refiriéndose a la gran convocatoria que tuvo la banda) se encargó de revivir el fanatismo adolescente que tuvieron por los Red Hot, imitando a Kiedis en el comienzo de «Give It Away». Después vinieron «Coolo» y «Jennifer del Estero», siempre sostenidos por esa selección de músicos que te desmantela en vivo.

Y si ayer el momento inmediatamente anterior a la presentación de los headliners estuvo musicalizado por la soberbia perfección pop de Phoenix, en la segunda fecha el panorama fue diferente: los Pixies dieron un show feroz, explotando al máximo el costado punk de su obra, y dejando en segundo plano su faceta más cancionera. En la que fue la primera gira de la banda de Frank Black con Paz Lenchantín en el bajo, la joven marplatense tuvo su bautismo de fuego frente al público local.

Tres años y medio habían pasado de la recordada primera llegada de la banda al país -en ese show desgarrador en el Luna Park, demorado pero iniciático para los fanáticos locales, emotivo- y ahora, además de la ausencia fundamental de Kim Deal, el foco también se puso en la presentación de temas nuevos, del recién editado Indie Cindy. La diferencia sonora, después de 23 años de no entrar en un estudio de grabación, se notó más que nada en la repercusión en la audiencia, que sí hizo pogo con la dupla de clásicos «Something Against You»/»Crackity Jones» y volvió a sentir las entrañas crispadas ante «Hey», pero escuchó con apatía temas como «Bagboy» y «Magdalena». La simplicidad de las líneas de bajo en las composiciones -una de las marcas registradas de Deal- hizo que el impacto de la integración de Lenchantín fuera más visual que auditivo (su voz en «Tame» o «Isla de Encanta» resultó algo chocante al principio).

Vampire Weekend, por su parte, sumó otra visita impecable para consolidar un público cada vez más grande y devoto a la sugestión rítmica de sus shows (la Negra Poli y Skay Beilinson escucharon el show completo desde el balcón del área de prensa, esperando para ver a Soundgarden). Mientras atardecía sobre el Hipódromo, a eso de las 7 de la tarde, el recital ganaba intensidad sin perder esa frescura de preparatoria. El grupo destilaba elegancia adolescente con «Horchata» y el cantante Ezra Koenig, que llevaba una campera de jean gastada, daba unos pasos de bailes teatrales con su guitarra que automáticamente se viralizaban con efervescencia entre el público. Para los maravillados con su último disco, Modern Vampires of The City, el final del set tenía guardadas dos tracks cruciales con la explosión contenida de «Ya Hey» y el down-tempo emocional de «Hannah Hunt», con una hermosa línea de teclado sobre la que Koenig soltó uno de los falsetes más deliciosos del rock actual

Fuente : Rolling Stone.

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